A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

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A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Dom Ago 07, 2011 12:49 am

Arthur levantó su capa de mago, la examinó con frustración y la dejó caer nuevamente sobre sus rodillas. Estaba sentado en un taburete alto, con las piernas recogidas y apoyadas en la plancha plástica que unía las patas frontales. Miró hacia la puerta, esperando su llegada. Suspiró. No debería haberle enviado la nota con Vargas, seguramente la "extravió" por allí y ni siquiera consideró el informar de que la susodicha nota existió. La noche anterior la había pasado con la cabeza apoyada en Critao y una manta, tirado sobre el heno. Continuaba sin techo propio y sus enseres personales, incluyendo su ropa y aquel par de revistas que necesitó con urgencia la noche anterior y de las que tuvo que prescindir, se encontraban en la cabaña de esa francesa para nada puntual. La nota decía "En la sala de utensilios a las 9. AK." Era una nota breve. Para su suerte en el establo guardaba un cuaderno y un lápiz. Con Critao, si bien no tenía esa relación especial que compartía con esa rubia lujuriosa, se sentía a gusto y por ende le era más fluido el escribir. En esas páginas escribió y reescribió distintas versiones de un texto de invitación. Eligió esa habitación y esa hora para poder estar a solas con la joven y conversar. Además de que quería encontrar un nuevo traje para actuar y su muy seria forma de vestir trajes de corbata se le antojaba poco llamativa para un circo. Si se tratase de ropa informal juvenil no tendría problemas. Siempre se iba a los extremos.

La luz de la ampolleta sin pantalla era débil y parecía llegar a su fin. A su alrededor varios percheros circulares de pie guardaban diversos trajes. En las paredes las estanterías repletas de objetos parecían no haber sido limpiadas en años y muchos cadáveres de moscas reposaban en ellas. También habían cajas de cartón y madera con más ropa y "juguetes". Un trío de grandes cofres parecían ser más antiguos que la habitación misma, a pesar de estar en perfectas condiciones. El malhumorado inglés cogió una lata de cerveza que tenía en el suelo, robada al pesado de Vargas, una razón para que no hiciese el recado, la abrió y la bebió casi de un trago. Antes de continuar con su bebida, dirigió su resignada mirada a la entrada, pensando en todas las maldiciones que caerían sobre el italiano, intercaladas con fuertes palabras en su idioma. A cada insulto el aparato que llevaba de corazón le respondía con la sensación de una aguija siendo clavada. Un dolor insignificante, pero que le advertía que debía cuidar su vocabulario o acabaría en la morgue. Refunfuño con una sonrisa irónica, sintiendo esta vez que el pedazo de metal parecía trabajar con más ganas. Arthur vestía unos jeans azules con la intención de protegerse de un posible ataque francés, y una camiseta negra que le quedaba grande, y le dejaba la clavícula y parte del pecho descubierto, al igual que la mitad del tatuaje de su espalda. Su equipaje estaba en territorio francés y se contentaba con la ropa conseguida.

-Mientras no se asuste de verme así...- en la muñeca del joven una de sus pulseras para pagar mandas le provocaban ligeros y delicados cortes. Sus ojeras eran pronunciadas, tenía un hambre fatal- después del almuerzo del día anterior no intentó cenar y eso ya sumaba cuatro días de inanición- y estaba pálido, demasiado incluso para él. Posiblemente enfermaría y, aún más probable moriría antes de que la administración del circo le diera una cabaña para vivir como Dios manda- aunque, sospechaba, ese era el último lugar donde Dios estaría-, sus labios se sintieron fríos cuando los lamió para saborear la cerveza. Mientras, dirigió una mirada insistente y un tanto asesina a la entrada.


Última edición por Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 11:13 am, editado 1 vez
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Dom Ago 07, 2011 6:28 pm

Apenas despertó, Lovi-love le dio, con el ceño fruncido y molestia observable en su rostro, un pequeño papel. Sus cabellos enredados entre su camisa de dormir que poco cubría y la almohada de color blanco pulcrísimo, mantenido por la francesa pese a todas las adversidades, le fueron un impedimento para sentarse, así que debió jalarlos con cuidado si no quería arrancárselos. Apenas leyó el papel... Primero lo hizo al revés, semi dormida aún, pero cuando lo volteó y lo pudo leer finalmente, salió de un salto de la cama, acabando sin querer en la del italiano, por la longitud de su salto. Lovino tuvo suerte, pues por poco la francesa no le cayó encima. Miró la hora, parpadeando muy rápidamente, y luego se sirvió un buen desayuno, merecido. Se metió murmurando insultos, contra Joseph y su tardanza en el baño (?), en la bañera, y dejó que el agua tibia recorriera su cuerpo. Desde su cabello enredado, ya no tanto como antes, hasta sus pies, deslizándose casi deliciosamente por su piel. Cuando salió del baño ya faltaba sólo media hora para su encuentro con el inglés. ¿Cómo debía reaccionar? Había sido impulsiva al comienzo del día, pero luego de la ducha pudo concentrarse y reflexionar un poco. ¿Qué debía hacer? Podía simplemente no ir, encerrarse en la cabaña y salir sólo cuando fuese estrictamente necesario, evitándole así. Pero por otro lado, podía asistir a su encuentro, esperando que le pidiese perdón. Y si eso no ocurría, podría darse el lujo de insultarle, pues de uno u otro modo, se lo tenía bien merecido. Ya nadie podía tratarle de prostituta, menos ahora que intentaba comenzar de nuevo.

- Bien... Supongo que iré. - Dijo en voz alta, suspirando para luego entrar en la habitación, sentarse frente al espejo y peinar su cabello.

Eligió su mismo peinado de siempre: una trenza francesa, la que se dio el tiempo de decorar con flores recién cortadas, de color violeta, de modo que combinaran con sus ojos. Una fina cadena de oro fue la encargada de adornar su cuello, y decidió que sus manos y brazos irían limpios. El vestido que se puso fue, sin duda, uno de sus favoritos, de color violeta con bordes en encaje negro, cuya longitud alcanzaba con suerte sus rodillas, y el escote dejaba aquella mancha de nacimiento que adoraba, con forma de corazón, a la vista. Unos zapatos negros, de tacón fino, fueron el broche de oro para su tenida, y apenas se acabó de maquillar, perfumar, intentar jugar con Lovino mientras éste comía, y volver a verse en el espejo, salió de la cabaña.

Respiró hondo y se dirigió al lugar acordado, con el papel arrugado en su puño. Una vez que estuvo frente a la puerta, cerró los ojos y tomó la perilla con suavidad. Su otra mano golpeó tranquilamente la puerta, anunciando su presencia. La perilla giró con lentitud, y esperó a que la puerta se abriera un poco antes de asomarse.

- Supongo que puedo pasar, ¿verdad, monsieur? - El tono de su voz fue de completa indiferencia, y sus ojos se mostraron inexpresivos. Incluso sus palabras fueron frías, bruscas, perfectamente elegidas por la francesa para causar el efecto deseado.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Dom Ago 07, 2011 7:01 pm

Allí estaba ella, con aquel tonito tedioso en su voz y esa mirada indiferente. "¿Quién se cree que es? Debería estar apenada, pedirme perdón por la vergüenza que me hizo pasar ayer. A nadie le pasó desapercibido ese estúpido bulto en mi ropa, estoy seguro. ¡Y todo por alcanzarla! Pensaba en perdonarla y disculparme si era necesario, pero no, ahora no". Su caracter cambió de un segundo a otro cuando pudo, luego de que entrara, verla vestida tan exquisitamente. Sus ojos se fijaron en su persona y su boca se le abrió leve pero notablemente. Al oirla tocar la puerta había entrecruzado sus dedos y apoyado sus codos en sus rodillas, inclinando en cuarenta y cinco grados su cuerpo. Su cabello despeinado tenía enrredadas aún unas cuantas hebras pequeñas de heno, que quedaron a pesar de que se preocupo de quitarse la mayoría. Tenía el aspecto de su época "rebelde", únicamente le faltaban los aros. Entre los dedos enlazados sostenía la lata de cerveza. Al abrirse la puerta, una corriente de frió bajó la temperatura.

-Come in. Quiero hablar contigo.- Su voz fue fuerte y sin tonos dubitativos, pero sin ser agresiva. El quería comprender por qué ella se molestaba tanto de la nada, por una simple oración, o actitud, o, no tenía idea del que. Quería dejar las cosas claras. Lo único que acompañó sus palabras fue un movimiento de cabeza hacia arriba.


Última edición por Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 11:23 am, editado 2 veces
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Dom Ago 07, 2011 8:17 pm

Entró, mirando con gran escrutinio al inglés, fijándose sus ojos en los verdes ajenos, en sus marcadas ojeras, en su ropa y en el tono pálido de su piel, con una mirada llena ahora de superioridad. Sus ojos se cerraron, y sus pestañas se marcaron durante varios segundos, negras y largas sobre su piel. Sus orbes moradas se abrieron nuevamente a la luz débil, y se deslizaron por el cuarto, expresando asco al ver el polvo y las moscas muertas. Cerró la puerta detrás de sí misma y suspiró, volviendo la mirada hacia el británico.

- Lo supuse. ¿De qué quiere hablar, monsieur? - Nuevamente ese tono que marcaba distancia entre ambos se hacía presente en su voz, en sus labios rojos y en su mirada ciertamente fría. - Creo que quiere disculparse conmigo, ¿no es así, monsieur? - Agregó, alzando una de sus cejas y acercándose despacio al joven de ojos verdes, pasando un dedo por una de las estanterías.

Su dedo se ensució con el polvo, mientras sus pensamientos bailaban entre la completa indiferencia y los sueños húmedos que en ese momento comenzaba a recordar, venían a su mente traicioneros, y por un momento debió mirar hacia la estantería para contener sus impulsos, cerrar los ojos fuertemente y suspirar despacio, disimulando todo lo referente a aquello. Sus oídos se agudizaron, mantuvo la vista en los objetos de aquella estantería y esperó oír algo por parte del británico. ¿Sabría él cuánto le estaba costando actuar? ¿Qué tal si se daba cuenta de los inmundos pensamientos que le venían a la mente en esos instantes? Estaban completamente solos, en un lugar que nadie frecuentaba. ¿Realmente su intención era hablar con ella, o quizás había algo más detrás de su voz decidida? Sólo pensar en aquello hacía que sintiera ganas de aquello, pero sabía, por otra parte, que el inglés era difícil en cuanto a aquello. Desistió de sus ideas locas, meneando la cabeza de lado a lado, despejando su mente con rapidez.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Lun Ago 08, 2011 2:04 pm

Mientras ella se paseaba por las estanterias, se lamió los labios, mirando en la dirección contraria, sin fijar su vista en nada a pesar de que sus ojos no se movían. Pensaba como responder, que decir, pero las palabras no tomaban forma en su mente. Le pediría perdón, si la había ofendido eso era lo correcto. Miró el techo y se lamió los labios nuevamente, bebió el resto de su lata de cerveza. Cuando dirigió su mirada hacia la francesa, ésta meneaba la cabeza, más para ella que para él por lo que parecía. ¿En qué pensaba? Miró el piso y movió un poco los dedos al contestar.

-Pardon. si te ofendí no fue mi intención. Estaba en una situación dificil y no sabía como reaccionar.- Sus palabras eran sinceras y espero que se notara en su voz. Le quedaba un par de puntos más que resolver y quería aprovechar al máximo el tiempo que ella le diese, así es que no se valió de rodeos.

-¿Por qué te enojaste conmigo? ¿Cuál fue mi error y por qué? Si quieres que te respete, debó saber que te hace enfadar. And...- Arthur dejó que el tiempo se interpusiera en esta última frase que diría. Miró a a mujer a la cara para que viese la sinceridad en sus verdes ojos -Can I kiss you?- Esa era la prueba, a partir de la respuesta, su plan daría resultado o fallaría.


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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Lun Ago 08, 2011 4:25 pm

Tragó en seco. ¿Cómo podía explicarle al inglés el dolor que le causaban sus palabras? Sabía que no era con intención, y que seguramente ni siquiera buscaba herirla, pero en ella seguía presente el hecho de haber sido una "dama de compañía", como ella prefería llamar a la profesión que había ejercido hacía tiempo ya.

- Si me enojé contigo fue porque no es la primera vez que te digo que no menciones la palabra "prostituta" ni alguna de sus variantes en mi presencia. No es necesario que sepas por qué. - Su ceño fruncido advertía que estaba hablando en serio.

Suspiró y se acercó un poco más al británico, mirándolo de frente antes de contestar a su última pregunta, con una sonrisa algo tonta.

- ¿No lo sabes? Las clases de inglés eran a lo que nunca asistía. No me gustaban... Mi inglés debe ser tan básico que no comprendí eso, Arthur~ - Bajó levemente la mirada, dejando que sus ojos se perdieran en algún lugar oscuro del suelo, esperando la aclaración del inglés.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Mar Ago 09, 2011 7:25 pm

Se esperaba esa respuesta. El tono de voz de la francesa se lo dijo en cuanto ésta entró. Pero, y aquí es donde su plan se ponía en marcha, ella no había reaccionado a su petición, si no con una cierta… picardía. Arthur debía reconocer que la chica tenía un toque especial, le hacía sentir que ella dominaba la situación, pero no se dejaría amedrentar por una mujer que intentase imponerse autoritaria y seductora. “Pero por el momento dejémosla ganar” Sí, esa actitud lo atraía, pensaba con placer en dejarse engatusar por la falta de conocimiento de inglés de la muchacha, algo en que no creía. Si realmente fuese así, ¿qué hacía esa parisina seductora en Inglaterra? Cuando ella se le acercó, la miro al rostro sin ninguna expresión que acusase su método de hacerla hablar. Se levantó, aún con la lata en la mano, y se dirigió a la puerta. Escuchó con atención, sin oír pasos afuera. Cerró la puerta y encaró a la rubia. Estiró su brazo desnudo hacia atrás y accionó el pestillo. Estaba parado con sus ciento setenta y cinco centímetros bien erguidos, sin humillarse ante nadie luego de su disculpa, mientras que sus ojos brillaban con una determinación paciente y calculadora que nunca antes había mostrado a la mujer. A excepción de cuando, estando ella inconciente, le prendió fuego. Su sonrisa adornaba únicamente la mitad de su cara, resaltando su palidez hambrienta bajo su cabello, sucio de polvo a pesar de habérselo lavado aquella mañana con el agua que acarreó hasta el establo para dar de beber a Critao. A estas horas lo tenía apenas húmedo, sin embargo aún se sentía esta humedad al tacto. Sin retirar la mano del picaporte, y agitando con la otra la lata para comprobar si quedaba algún resto de cerveza rezagado, se empeñó en su respuesta, conciente de que su francés era poco más que básico.

- Je -Je peux vous embraisser?- No pudo evitar tartamudear al enredar su lengua en aquellas sílabas que su idioma no contenía, pero respiró más profundo para evitar que el nerviosimo de este error arruinase su cometido.


Última edición por Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 11:28 am, editado 2 veces
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Miér Ago 10, 2011 2:42 pm

Sus pasos se detuvieron y tomó asiento en el lugar antes ocupado por el británico. Sus dedos bailaron en su propio cabello, demostrando un leve nerviosismo por el siguiente paso del inglés. Debía reconocer que le causaba un poco de miedo esa situación. De ningún modo quería encontrarse con un hombre cuya verdadera personalidad fuese la de un agresor que simplemente quería descargarse contra su piel pálida y aromática. El sonido de la cerradura, casi como el ruido provocado por un reloj al avanzar, hizo que sus oídos y el resto de sus sentidos se enfocaran en el otro. Cualquier cosa fuera de lo común le haría sospechar. La sonrisa del británico le causó un escalofrío que se clavó un poco más abajo de su nuca, pero supo disimularlo cruzando las piernas con tranquilidad, dejando a la vista generosamente por unos segundos su ropa interior, hasta que su pierna derecha se ubicó perfectamente sobre la izquierda, y sus ojos se concentraron en los verdes del inglés.

- Puis embrasse-moi~ - Su voz sonó completamente relajada, como resignándose al aceptar su propuesta, con una sonrisa cálida, para dejar que luego las yemas de sus dedos recorrieran sus labios.

Se levantó rápidamente, acercándose caminando cadenciosamente, concentrando su gracia en el movimiento suave de sus caderas al caminar, para luego apoyar su mano sobre la tela que cubría el torso del británico. Su dedo índice presionó suavemente la base de su cuello, luego bajando hacia su ombligo, primero por su piel y después por la tela. Suspiró, observando la forma en que su dedo se deslizaba hacia abajo... Cerró los ojos, para luego abrirlos lentamente, ubicándolos en las orbes inmensamente verdes del inglés.

- ¿Y~? ¿Vas a besarme, Arthur~? - Usó un tono suave, bajito y coqueto, para luego morderse levemente el labio inferior, sin dejar de mirar los ojos profundos del británico, perdiéndose en ellos. Sus labios estaban húmedos, perfectamente deseables para cualquiera. Su respiración ya marcaba un ritmo ligeramente más agitado, aguardando sentir sobre aquellos pétalos rojos que tenía por labios, aquellos quizás no tan suaves del inglés.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Miér Ago 10, 2011 7:12 pm

La vió acercarse. Ya estaba decidido a no titubear ni arrepentirse de lo que pasase en esa habitación, en ese momento, con aquella intención, con aquella mirada. Disfrutó los movimientos femeninos, el deslizar de su dedo, su caminar. Disfrutó así mismo el toque un tanto brusco en la presión que ella ejerció sobre su cuello. Lucía bella, con sus ojos mirándolo, aquel vestido apto para la ocasión, sus labios perfectos. La cogió de la cintura con firmeza, para que no pudiese escapar.

- Esta vez no te desmayaras.- el tono de su voz intentaba infundir confianza. Sin soltar la cintura de la chica, se agachó y dejó la lata sobre el piso para que no lo molestara. Se incorporó y acarició ese sector que su mano sostenía, antes de moldear nuevamente su mano a aquella estructura. Inclinó su cabeza y lamió el labio inferior de ella, mojandolo un poco. Guardó su lengua y posó sus labios suavemente en los de la francesa, sin empujar. Pretendía ser una mariposa, como aquellas con las que jugaba de niño, persiguiendo en primavera. Posarse suavemente sobre una flor, beber su nectar y luego volar hasta la siguiente, sin penas ni recuerdos. Pero únicamente pretendía. En la realidad, cada mujer con la que había estado dejaba un recuerdo, numerosas veces borroso, y una sensación. Vacío, en la mayoría de los casos. Y aquellos labios ya principiaban a exigir un espacio. Incluso si la parisina salía de ese cuarto como si nada hubiese pasado, él continuaría con aquella sensación suave, continuaría buscandola en un prostíbulo, en otra chica. ¿Era ella la primera? No, claro que no. ¿Era ella un reemplazo? Posiblemente. Pero mientras ella no lo supiese, todo estaría bien. Anhelaba tener el tiempo suficiente para auto convencerse de que ella era especial. Y si no era así, que le gritase, que lo insultase, que lo golpease y, "por favor, te lo ruego" que le hiciese sentir una escoria. El sentimiento fatalista que siempre lo acompañaba estaba desapareciendo y de algúna forma lo extrañaba. Sus escritos fluían sin problemas. Y ella era la culpable. ¿Cómo abrazar una realidad nueva sin miedo? El tenía miedo.

Tras un primer beso suave y pausado, y manteniendo en todo momento una respiración regular, se separó lo suficiente como para asomar su lengua y pedirle paso. Se adentro con cuidado de no importunar y acaricio a su homologa, mientras las manos en la cintura se apretaban sin notarlo. Una de ellas subió hasta encontrarse con las puntas del cabello, con las que sus dedos jugó haciendo rulos. Subió aún más hasta encontrar la nuca de la chica y enredó todos sus dedos entre los cabellos, masajeandolos suavemente al mover los primeros con la intención de enredarlos más y más con esa suavidad rubia. Sin quererlo había cerrado sus ojos y acercado el cuerpo de la joven hasta que ambos torsos no pudiesen evitarse el uno al otro. Finalmente la juguetona extremidad se dirigió al rostro de la chica, aún con algunos cabellos enredados, y acarició la mejilla. Se separó de ella y cogiendola por la barbilla alzó su rostro para que lo mirase. Sus ojos se embriagaron con los petalos violetas que rodeaban las pupilas de la parisina, sincera y completamente felices, por su suicidio o su aceptación, aceptando lo que viniese con paz. Sonrió dulcemente un segundo largo, tanto con sus ojos como con sus labios, antes de que una máscara semi real de picardía retorciera esa sonrisa y esa mirada.

Esperó una reacción.


Última edición por Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 11:34 am, editado 1 vez
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Jue Ago 11, 2011 3:34 pm

Ante el primer tacto de sus labios con algo que fuese ajeno a su propia piel, sus ojos se cerraron, y mientras su respiración se tornaba más calmada, éstos se abrían más dulces, más blandos, incluso algo soñolientos. Sintió los labios del británico tratar los suyos con suavidad, casi como el roce que solía sentir ocasionalmente sobre sus labios cuando se acercaba, en primavera, a oler las rosas. Era exactamente así de suave. Sus ojos volvieron a cerrarse, y esta vez no se abrieron hasta sentir la lengua del inglés entrar en su boca. Entreabrió levemente uno de sus ojos entonces, sin perderle de vista, al tiempo que concedía el permiso pedido, abriendo un poco más su boca. Correspondió entonces al beso, dejando que sus muñecas buscaran apoyo sobre los hombros del mago, entrelazando su lengua con la ajena. Sentía que su corazón latía desbocado en su pecho, y que sus mejillas ardían con un color bastante avergonzante. Incluso su respiración volvía a acelerarse. Sus nervios eran estremecidos por las sensaciones que le causaba el beso del británico, de tal manera que a cada segundo pensaba más y más que sucumbiría frente al no tener otro punto de apoyo que sus pies sobre el suelo. Sin embargo, esta tensión se vio aliviada al sentir que el otro se aferraba un poco más a su cintura y jugaba con su cabello. Sus dedos recorrieron el cuello del británico hasta alcanzar sus oídos, encontrando el camino para acariciarle el cabello. Démons! ¡Qué manera de besar la del británico! La había hecho temblar en casi un segundo con aquellos movimientos.

Iba a vengarse. Claro que lo haría, después de todo, ella era la "Diosa" de aquel circo, y aún se resistía perfectamente a la idea de caer bruscamente en las redes de aquel británico. ¿Qué hacer? Estaba clarísimo. Se mostraría fría ante todo, simplemente sonreiría distante cuando sus labios se separaran de los ajenos, y para nada le diría cuánto le había fascinado semejante acto. Sintió que se derretía con esa última caricia en su mejilla, y al alejarse un poco, puso en marcha su rápido plan. Pudo ver los ojos del inglés sonreír con dulzura, al tiempo que ella suspiraba y retrocedía lentamente. No buscaba ser amarga, pero sí demostrarle al británico que ella seguiría autoritariamente al mando de la situación, al menos por un tiempo. El sabor del inglés aún permanecía en su boca, de modo que tragó algo de su propia saliva, buscando seguridad en su propio sabor, antes de decir algo.

- ¿Eso era todo lo que querías, chéri~? Bien, entonces supongo que puedo irme, ¿verdad? - Alzó una ceja, señalando la puerta con ésta, como queriendo decir que esperaba a que la abriera, al tiempo que se cruzaba de brazos, imponiendo frente a todo su "autoridad". Su mirada se mostró distante y hasta cierto punto existió en ella un poco de altanería.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Vie Ago 12, 2011 3:36 pm

Apoyó la espalda y uno de sus zapatos contra la puerta, dando a entender con su gesto que la conversación no acababa allí. Sacudió su cabelló un poco, con los ojos cerrados, pensando rápidamente. Si un beso no bastaba para que ella comprendiese su situación no era problema suyo. No era lo suyo ir directo al grano. "Te quiero.". Se cruzó de brazos y la miró con unos ojos que reflejaban molestia. Tenía hambre y debía reconocer que un poco de frío. Unos golpeteos por sobre su cabeza concentraron toda su atención. Comenzaba a llover, y al parecer sería un diluvio lo que llenaría como música de fondo su plática. Descruzó sus brazos y empuñó sus manos a ambos lados de su cuerpo, con fuerza. De los resquicios entre sus dedos brotaron llamas que lamieron sus puños y se deslizaron por su pantalón hasta llegar al suelo. Las llamas se extendieron formando un semicírculo que rodeo a ambos. Las cortinas de fuego llegaban casi hasta el techo, cerrando la visión al resto de la habitación, pero el inglés no temía. Sentía dentro suyo el vibrar de las partículas, disfrutándolo. "Es demasiado agradable". Abrió los ojos y se concentró en la cercada francesa.

-Antes que nada, debes saber que mi educación como mago no fue completa. Debemos estudiar mas de dos décadas y es una intrucción de nunca acabar. Por diversas... razones, mi educación se vió interrumpida antes, por lo que no tengo todo el poder que podría tener. Por eso es que mis actos utilizan el fuego.- Sus ojos, en un principio serios, al igual que su voz, se relajaron un poco.-Controlar la materia es un arte riguroso, pero simple si se conocen los conceptos básicos de química. Imagino que habras oído hablar de los alquimistas, pues bien, es algo muy similar.- Dejó que sus palabras fueran comprendidas antes de continuar. La sensación vibrante dentro de él le hizó olvidar el hambre, y se dedicó a saborearla, mirando de hito en hito a la mujer, hasta que consideró correcto el continuar.-Veo furia en tu aura y el miedo en tus ojos, ambos las emociones más fuertes que pueden existir, por ellos nos movemos y por ellos deberías haberme exigido que nos reuniesemos fuera de esta habitación.- El círculo de fuego se cerró a su alrededor, iluminando el sector más cercano a él de los cuerpos humanos, de manera que la luz era cegadora y las formas se perdían. Por los relieves de la ropa y los rostros, se formaban sombras que se proyectaban entre el inglés y la francesa.-Temes que el fuego te queme. La razón por la que utilizó el fuego es porque es sencillo de crear. Una partícula se fricciona con otra. Puedo, por el mismo método, derretir un cubo de hielo y luego evaporar su agua, pero no puedo crear el agua. Necesito obtenerla de algún lado. Mi educación fue interrumpida antes de que pudiese crear compuestos. Tengo el oxígeno y el hidrógeno, aquí, en el aire- Extendió sus brazos y las llamas lamieron, suaves, sus manos.-Pero me es imposible el unirlos. Sin embargo, me he pulido en mis fortalezas- Su tono se hizo más suave, bajo sus brazos y la miró con una apenada felicidd.-En mi fortaleza... pero la estoy perdiendo- silencio.-Antes, mi fuego no se descontrolaba. Ahora, cada vez que lo utilizó, siento que me quemo, que es mi cuerpo el que contiene la energía cinética que traspaso al aire, que soy yo el que vibra fuera de control.. Extendió su mano y tocó la cortina carmesí. Bajando el tono de su voz, ya no imponiendose al crepitar del fuego, hablo con una sonrisa.-Tócalo. Está frío.


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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Vie Ago 12, 2011 4:39 pm

Su reacción frente al fuego que la arrinconaba en aquel pequeño cuarto, al principio fue la de retroceder, pero al ver que detrás de sí misma también había fuego, se devolvió sobre sus pasos. Tragó en seco antes de cerrar los ojos, buscando calmarse. Tenía miedo, y mucho. Respiró hondo, aún buscando obtener aquella tranquilidad que se perdía dentro de ella, concentrándose en oír las palabras del británico para olvidar aquella muralla de fuego. Intentó comprenderlas, al tiempo que dejaba que la voz del joven deleitara sus oídos. Poseía un tono de voz que a su parecer era muy peculiar. No podía compararla a alguna voz que conociera. La luz entonces le obligó a cerrar nuevamente los ojos. Volvió a tragar saliva antes de abrirlos, buscando la figura del inglés, y al observar cómo las llamas acariciaban su piel, no resistió al miedo que sentía y se inclinó en el suelo. ¿Por qué debía presenciar algo como aquello? ¿Qué tenía que ver con ella todo ese discurso? Suspiró hondo y apoyó sus manos en el suelo, cerrando los ojos con fuerza antes de volver a levantarse. Le costó acercarse al fuego, y aún más, tocarlo. Alzó una ceja entonces, sin comprender por qué aquello ocurría.

- ¿Por qué me hablas de esto? - Fue directa, buscando con rapidez la raíz de todo el discurso, pensando que quizás en eso radicaba la temperatura anormal del fuego. - ¿Qué tiene exactamente que ver conmigo?

No, no era tonta, de hecho era muy astuta en ese sentido, y si quería preguntarle a Arthur algo debía ser directamente, pues se había dado cuenta de que no servía atacarlo con indirectas. Avanzó nuevamente hacia el británico, parpadeando con lentitud, y con paso firme, demostrando confianza. Se detuvo a aproximadamente un metro de distancia de él y respiró hondo, para luego tocarse los labios, al tiempo que ladeaba la cabeza hacia la izquierda.

- Quiero saberlo, mon chéri~ - Lanzó coqueta, mirando los labios del inglés con una leve expectación, apenas notoria en sus ojos, pero que hacía temblar sus labios. Por eso se los tocaba, los acariciaba. Buscaba evitar que el británico viese la forma en que sus labios temblaban recordando el tacto delicioso del beso.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Vie Ago 12, 2011 5:35 pm

"No. No me entiende." Arthur se debilitó ante esa respuesta que no dejaba de ser un cubo de agua helada para él, para aquella vibración en sus entrañas y para el fuego que lo rodeaba.

-Lo sentiste ¿verdad? Lo normal es que esté frío. Por eso durante el acto no te quemaste viva. Pero ahora, ¿lo notas? ¿La temperatura que tiene esta habitación? Afuera llueve y sopla el viento, no me sorprendería que la función y las prácticas se hallan cancelado para que todos se refugien. Sin embargo esta habitación continúa temperada. No he perdido el control lo suficiente como para que se esparza libre o como para que queme, pero me alarmo.- A su alrededor las llamas bajaron su altura, dispuesto el inglés a acabar con ellas ahora que tenía la atención de la chica. Era patetico, pero esa era una atracción para que ella no se fuese. ¿quería que sintiese pena por él? Tal vez. Simplemente quería que ella lo comprendiera. A él, a un escritor. ¿Por qué de pronto las palabras escapaban de su vocabulario? ¿A donde fueron a parar los poemas de amor roto, de ilusiones? ¿Aquellos cuentos de bosques encantados que hechizaban a sus visitantes? En aquellos ojos púrpura que ahora se le acercaban. Al principio fue una hermosa distracción, una amable cercanía en aquel mundo de sombras. Y no se refería al circo. Se refería a su pueblo, al padre ausente, a las circunstancias extrañas de su formación. Y al sentir que, tras pisar el fondo, era posible emerger de esa piscina."Y la culpa es tuya."

En su torax, su respiración se aceleró. Pero era una oxigenación innecesaria. Su corazón de metal trabajaba tranquilamente, sin salirse de los estándares. Comprendió la razón. Al correr, esa máquina actuaba como el órgano real, bombeando sangre a mayor velocidad, pero nada sabía de sentimientos y era por eso que en esta situación no se alterace.

- I-i-i lovvvvvv. I lovvv. I love you, frog.- ¿Por qué a su padre le habían puesto una condición para casarse con la mujer que amaba? Porque influenciaba en la magia. Y no era gracioso para ningún maestro ver a su discípulo caer en errores luego de veinte años de enseñanza. Arthur no pudo evitar el insulto, arraigado en su nacionalida, pero necesitaba decirlo para sentirse seguro. Pensó que su voz no se escuchaba por el prolongado y fuerte golpeteo de la lluvia; el silbar del viento era ensordecedor. Una fugaz idea cruzó su mente y actuó sin pensar.

-¡JE T´AIME, SHIT!- No podría reclamarle por no comprender el idioma inglés. Esperó unos segundos y recupero su tono de voz, un tanto temblorosa.
-¿Entiendes? No puedo contenerlo. Me supera. Se alimenta de mi y es la primera vez que tiene tanta fuerza.- Estaba desesperado, no sabía que hacer para apagar su fuero interno. La catarsis le era necesaria para asimilar que aquello a lo que renunció al morir su bajista estaba a su alcance. Apretó los dientes y respiró profundo para controlarse y bajar la altura de las llamas y su calor. El círculo se mantuvo en el suelo, a la altura de sus zapatos.


Última edición por Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 12:05 pm, editado 1 vez
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Vie Ago 12, 2011 9:23 pm

Se alejó del fuego, empuñando sus manos poco a poco al tiempo que retrocedía. Sí, era verdad que la habitación estaba más cálida que el exterior, el vidrio estaba empañado, incluso. Sus ojos flotaron entre el vidrio y los ojos del británico. Lo tenía frente a ella a una distancia corta pero prudente, volvió a recorrerlo con la mirada, esta vez con ojos comprensivos y dulces. El insulto le provocó una sonrisa, nada más que eso. Sus manos buscaron una de las ajenas: la derecha, para ser precisos, para besarla por el dorso, y alzar levemente la mirada hacia el joven. Parpadeó lentamente entonces, intentando descifrar la mirada del británico. Comprendía perfectamente aquellas palabras, aunque fuesen en un idioma ajeno al suyo. Sí había aprendido inglés, pero a duras penas, y su modo de hablarlo no era el más deseable. Ladeó la cabeza, simulando no comprender con una sonrisa tonta, pero al oír aquellas palabras en el idioma que habló durante toda su vida hasta entonces, se dejó sorprender. Sus cejas se fruncieron muy suavemente, y dudó de lo que podría hacer. Se mantuvo en silencio y oyó respirando hondo las palabras del inglés. Su mirada bajó al suspirar, para luego alzarse dulce, sus labios formando una sonrisa. Se acercó más a él, acortando aquella distancia y dejó que sus brazos pasaran por sobre los hombros del británico. Sus ojos buscaron los ajenos al tiempo que los entrecerraba, suspirando contra la barbilla del joven. Sólo entonces habló.

- ¿Estás seguro...? Amar es algo sumamente difícil...

Pero, ¿qué sabía ella sobre el amor? Ella nunca se había enamorado de verdad, hasta entrar al circo. Más específicamente, hasta el momento en que se había topado con el británico. Con la suavidad que la caracterizaba, tomó la barbilla del inglés y la acarició, mirándolo a los ojos antes de entrecerrar los suyos y acercarse un poco más a él. Sus labios se apegaron a la comisura de los ajenos, para luego besarlo debidamente, en un beso corto que no alcanzó a abarcar más que sus labios. Apenas se alejó de él, bajó un poco la mirada, avergonzada como no solía estarlo, y suspiró.

- Yo... Creo que también te amo, mon chéri~ - Sus dedos se enredaron en sus cabellos, se mordió apenas el labio inferior y alzó un poco la mirada hacia el británico, esperando su reacción. Tragó saliva al sentirse sonrojada. - Si se apodera de tí... ¿Qué puedes hacer si no puedes controlarlo...? - Su voz se quebró levemente al final.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 9:50 am

No estaba seguro. Había "amado" sin amor muchas veces. Una pasión solitaria y lacerante era su forma de ser amado. ¿Algo más allá de besos, caricias, penetraciones? No. Pero era suficiente con eso; dos amigos, dos conocidos que han sido abandonados a sus suertes, que se han abandonado a si mismos a su suerte; una historia, a veces ninguna, muchas quejas e incluso únicamente una palabra bastaba para enrredarse con una mesera o una bailarina. Drogado, bebido, lúcido, daba igual. Era un hombre y no necesitaba afecto emocional, ni una lapa que lo restringiera en sus... en sus noches solitarias, en las prácticas de la banda, en el estudio de aquellos libros que le permitían ser autodidacta. Sólo necesitaba una chica ocasional dispuesta a abrirse de piernas a cambio de un oyente de sus desahogos. Amar le fue difícil. Una flor entre el concreto gris del suburbio en que residia, cortada mil veces pero siempre sonriente. Luego de las tocatas no aparecía hasta el día siguiente en el apartamento compartido, con la misma ropa del día anterior, peinada y bañada, con un poco de sueño pero sonriente, sin detenerse a explicarle a nadie que un chico, siempre uno distinto, la abordaba a la salida. Pero él miraba girar la manilla y podía prever su aura, cansada pero libre. Que no le mintiera a él, su vida era un asco, pero ella era feliz entre esas paredes descascaradas que fregaba con la idea de convertir ese lugar en una casa descente. Los demás la miraban y le agradecían con gestos la fortaleza que creaba. Una polera nueva, comprada, no te preocupes, en una oferta, estaba barata y como a tí te encantan... no es problema, no tengo sed, la última cerveza es tuya... felicidades, un año más en este infierno, ¿mi cumpleaños? No lo recuerdo, se perdió en los registros civiles, pero hoy es el tuyo, ¡disfrútalo! Una princesa de cuento de hadas que no regresaba hasta las seis de la mañana y bebía ron a la par con ellos. Una flor entre el concreto gris del suburbio.
La había acompañado fiel, sin preguntarle quien le dejaba esas marcas en la piel y sin que ella le preguntase quien le mordía el cuello. Durante el día, dos amigos. Y luego el asesinato. Ese son of bitch alemán.
Sí. Amar era dificil. Y muy fácil de confundir.

Se sorprendió ante el beso de la gabacha, pero apenas se dispuso a disfrutarlo, el contacto fue cortado.

Creía, allí estaba la palabra. Pero fuese cierto o no, en ese circo que sería su hogar, incluso si se estaban engañando, podían encontrar consuelo de aquello por lo que renunciaron a sus vidas. Ella continuaba sin explicarse, pero algo malo debió pasarle para que acabar allí. Era hermosa, lista y talentosa, razones por las que a veces dudaba de que no se tratase de otro demonio disfrazado, de otro modo no se explicaba su presencia en las carpas. Pero ya se enteraría, paciencia, paciencia.

Esas mejillas arreboladas le sentaban muy bien. Sonrió entre dulce y pícaro, al tiempo que agarraba la cintura de la chica y luego bajaba la mano hasta encontrar el borde del vestido, deslizando su mano por debajo. Acarició esa piel que recordaba blanca y subió su mano por ella, levantando la falda. Sujetó la nuca de la francesa y se acercó a ella, empujándola levemente. Su lengua le tocó la parte superior de la oreja, el sonido del contacto se escuchaba perfectamente en ese reducido espacio comprendido entre su rostro y la trenza ajena,splash, splash, avizando que prestace atención. Intentando reducir el volumen de su voz para no dañarle los tímpanos, pero superando el ruido de la tormeta del exterior, un ronco susurro respondió.
-Antes de estrenarme, no tuve problemas de concentración. Después, no use la magia más que en situaciones aisladas de "estímulos". Supongo que la forma de arreglar ésto es tranquilizandome un poco.- Tomó aire evitando hacer demasiado ruido por la cercanía de la francesa, por lo que sonó entrecortado y forzado su inspirar.-Debes aceptar tu responsabilidad por mi estado. Sientete halagada.- Sosteniendo con la otra mano a la francesa, aún apoyado en la pared y acercandola para que se apoyase en él, agregó -La lluvia es ensordecedora y las nubes ya ocultaron el sol. Debe ser cerca de las diez de la mañana y dudo mucho que alguien se pasee por aquí o que nos extrañen.

Sus dedos rozaron la prenda íntima de la rubia y el hundió su rostro en el cuello femenino, buscando la escencia de la mujer. Cerró sus ojos con deleite al encontrarlo, entrabriendo apenas sus labios.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Sáb Ago 13, 2011 11:49 am

Tragó saliva, su cintura fue abordada por el inglés, y ella recordó en un segundo lo que menos deseaba recordar. El prostíbulo. Ella y sus 15 años apenas cumplidos en aquel barrio perdido de París, entrando en la pequeña habitación que hacía las veces de recepción.

Sus ojos cerrados para evitar ver al hombre que la alzaba en sus brazos, y evitar también así el llanto, fueron un arma bastante útil aquella vez, que fue la primera en aquel lugar. Quería llorar y salir de allí, escapar, pero ya no había vuelta atrás. El hombre la había lanzado a la cama de un empujón, y la había obligado no con mucha finura a abrir sus piernas. Quiso gritar, estaba aterrada. Su cuerpo entero le fue robado, de la peor forma. No era virgen, pero al menos su primera vez no había sido tan terrible. Algo mejor la habían tratado... Las manos ásperas del desconocido que intentaba hacerla suya fueron más que bruscas; eso era un maltrato a su piel. Por un momento volvió a intentar cerrar las piernas, pero aquel maldito tomó su muslo derecho como si se tratara de un trozo de masa en las manos de un panadero, y el dolor se hizo presente en su carne. Una navaja había atravesado su piel, y cortaba la carne. La sangre salía a borbotones. Ya no aguantó más y gritó, gimió desesperada. Dolía, ardía... Temía por su vida.

No pudo evitarlo, las lágrimas le traicionaron y descendieron por sus mejillas. Su mirada se tornó dolorosa, sus ojos se cerraron mientras el británico acariciaba su piel y lamía su oído. Sus caricias eran muy distintas a todas las que había recibido en aquel lugar, ahora sentía algo de cariño. Su mirada bajó al suelo que con suerte lograba ver mientras su vista era nublada por las lágrimas. Oyó entonces la voz del inglés, aguantando los amenazantes sollozos que luchaban por escapar de sus labios. No iba a obligarse a hacer eso, y no iba a dejar que alguien más la obligase. Ya nunca más, se lo había prometido.

Su cabeza buscó apoyo en el hombro del británico, buscando calmarse al oler el aroma que surgía del británico. Alcanzó a mirar hacia su nuca, y más abajo, donde pudo ver un tatuaje, borroso por las lágrimas. Sus manos buscaron apoyarse en el torso del inglés y así alejarse, para mirarlo desde su altura. Su voz se quebró al hablar, rogando.

- N-No lo hagas... No quiero... Por favor. - Se llevó una de sus manos al rostro, para limpiar las lágrimas de uno de sus ojos. El recuerdo la había debilitado en el peor de todos los momentos.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 12:56 pm

Arthur vió las lágrimas en los ojos de la chica y la mano que recorría el muslo de la francesa se detuvo. Se preocupó. "Ayer me acosaba ella y ahora ¿llora?". Con ambos brazos la abrazó, atrayendola nuevamente hacia él, pero ahora con la intención de calmarla. Miró hacia el techo, hacia aquel ventanal que recibía los gotones de lluvia y sostubó sus hombros con sus manos, suspirando.

-¿Es por aquello que no me quieres contar? ¿Eso es lo qué te hace llorar?- se mantuvo quieto unos segundos antes de comenzar a mecerce de lado a lado, apoyandose en la pared tranquilizando a la mujer. Mientras esperaba que le respondiera, dirigió su atención a la trenza de la chica y en el lazo que lo ataba. Sostuvo entre sus dedos uno de los extremos y tiró hasta desatarlo. Se alejó de la pared y cogió las muñecas de la rubia, guiandola hasta el taburete y haciendola sentar.

-Si me dices que no, entonces es no.- Arthur se jactaba de comportarse como un caballero y nunca había forzado a una chica, ni por la fuerza o los sentimientos. No rogaría ni intentaría dar lástima; ella era más importante y su orgullo también. Apoyó sus rodillas en el suelo, rente a ella y se estiró para quedar a la altura de su rostro. Sintió su peso en sus rodillas, un tanto doloroso.

-Ven.- le estiró los brazos para que ella se refugiara.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Sáb Ago 13, 2011 2:54 pm

Asintió levemente con la cabeza, mientras las lágrimas corrían desde sus ojos hasta su barbilla, desde donde caían al suelo, o si tenían suerte, al escote de la francesa. Su cabello suelto ahora, cayó sobre su espalda y sus hombros, como una cascada brillante. Sus manos acariciaron el rostro del británico, antes de suspirar.

- Oui... Algo así. - Las lágrimas no frenaron su caída, ni siquiera cuando la mujer se vio sentada. - La verdad es que me aterra contarte que... B-Bueno, que hace unos años nada más vendía mi cuerpo... ¡S-Sólo no me juzgues!

Se llevó una mano al escote y sacó un pañuelo rosa, bordado, el que sirvió para secar sus lágrimas.

- T-Tengo miedo, Arthur... - Su voz formó en un susurro aquellas palabras, antes de abrazar al inglés y llorar aferrándose a su hombro. Hacía tanto tiempo que no se liberaba de esa forma, que nadie actuaba de refugio para ella, que nadie oía sus penas...
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Sáb Ago 13, 2011 4:48 pm

No, no la juzgaría. ¿Era sidtinto el prostituirse a el dormir con alguien por comida? No. Y él muchas veces se había acostado con mujeres sabiendo que al día siguiente tendría un buen desayuno.

-Si tuviste que hacerlo para sobrevivir, te felicito por tu fortaleza. Si lo hiciste por placer, no puedo arrojarte una piedra porque sería un hipócrita.- Su voz, como si estuviese declarando una sentencia, se suavizó.-Y soy yo él que te escucha. ¿No quieres seguir hablando? Oiré todolo que quieras contarme.

Recogió del suelo su traje tirado y lo paso sobre los hombros de la francesa, para que la temperatura, que tras apagar las llamas comenzó a descender, no la afectara. En su interior las vibraciones continuaban, pero se ralentizaban, tal vez comprendiendo que no era el momento de pasión ansiado y que debían esperar. En el cielo un rayo se divisó unos segundos, sobresaltando un poco a Arthur.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Sáb Ago 13, 2011 10:43 pm

Cerró los ojos, soltando a su vez un suspiro. Oyó en silencio, simplemente, las palabras del británico, y una vez que éste hubo abrigado su piel, se acomodó para comenzar a hablar, pero el rayo que iluminó la habitación por un instante, le hizo abrazarse con más fuerza del inglés. Tragó saliva y esperó unos segundos, hasta oír el sonido del trueno, lejano, pero no tanto como habría deseado la francesa.

- N-No sé qué podría contarte… - Sus brazos rodearon el cuello de Arthur, pasando por sus hombros. Suspiró nuevamente. ¿Cuántas veces lo había hecho desde el inicio de la conversación entre ambos? - Supongo que con sólo saber lo que fui, se comprenden muchas cosas. - Tragó saliva nuevamente y besó el cuello del inglés. - Fui la oveja negra de la familia, mi maestro de piano me violó y cuando cumplí los catorce años me escapé. Acabé en un prostíbulo, y a los 23 volví a huir. Así llegué a éste lugar, y te conocí. Debo admitir que le agradezco a lo que sea que te haya puesto en mi camino. Eres un muy buen hombre, sin duda, todo un caballero~.

Su sonrisa fue alegre, honesta. Sus ojos cerrados también parecían sonreír, y las margaritas que asomaban en sus mejillas le proporcionaban más felicidad de la que realmente sentía. El frío subió por sus piernas, pero pudo detenerlo gracias al traje del británico. Se ocultó perfectamente entre aquella prenda y bajó la mirada, sintiendo el aroma masculino de Arthur recorrer su cuerpo gracias a la tela. Se sintió mucho más aliviada, se había sacado un peso de encima.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Dom Ago 14, 2011 7:04 pm

Escuchó el descargo de la francesa, y cuando éste terminó, no quiso pensar en él. No quería amargarse la vida por algo ya pasado y por lo que no podría hacer gran cosa, sin embargo, se sintió impotente. ¿Qué podía hacer él? Unicamente prestarle su hombro. Ser su amigo, infundirle confianza y afianzar aquella situación interna que había logrado reparar la rubia. Apoyarla, emper, Arthur no se deshacía del todo de su lado pesimista, aquel que la chica lograba disipar, y sabía que no siempre sería feliz con ella. Las peleas llegarían más temprano que tarde, como sucede en toda clase de relación humana, y temía que la joven le espetará en la cara que no cumplía con la hipotética promesa de estar siempre a su lado. Odiaba que le mostrasen sus errores y un error en sus palabras era el mayor dolor para su orgullo. Había robado, pero no faltaba a su palabra. Tal vez usase un resquicio entre oraciones, pero una promesa explícita era un lazo irrompible para él.

Por eso nunca prometió amor eterno. Y por eso no se lo prometería a Françoise. Era conocedor de que ambos tenían defectos que acabarían por cansar al otro. Tan mundano y desesperanzador. No esperaba tanto de la vida, no creía en el matrimonio o en las relaciones estables, sólo en la pasión momentanea. Y a pesar de toda lógica, él soñaba con despertar al lado de ella, de besarle el cuello mientras la abraza desde atrás, mientras ella estudiase unas partituras para su siguiente acto. Escucharla cantar mientras se bañaba. Todas aquellas fantasías de colegiala ridículas para un hombre de su condición y edad.

Un segundo rayo atravezó el cielo y la luz de la bombilla parpadeó, pero se mantuvo firme en su propósito de iluminar el sucio cuarto. La puerta del cuarto se abrió de golpe; la entrada que daba al maltrecho pasillo que conectaba todas las edificaciones permanentes del circo, las estructuras fijas donde se armaban las carpas por así llamarlas, había sido abierta y por ella se colaba el viento, impertinente y un tanto aterrador por la violencia con que azotaba la puerta sobre sus goznes."Pero si yo cerré con pestillo" Una oleada de frío se extendió por la habitación, rodeándolos. El británico abrazó con fuerza a la chica que continuaba llorando, convenciendose de que nada le pasaría, no a él, no a ella. Pero la sensación de miedo se apoderaba de él. Intentó recordar un texto, con mediano éxito. "Son confundidos con seres malignos por su presencia, sin embargo en otras culturas son considerados de buen augurio...son atraídos por la desesperanza extrema... su existencia consiste en guiar almas que no saben que han muerto o que no pueden desligarse del mundo...muy raro que se encuentren con humanos vivos...en los contados casos ocurridos se encuentra el de una niña en el año 1332...abandonada a los 8 años...perdida por una semana apareció y dio testimonio... 1608 naufragio de camino al nuevo mundo... los sobrevivientes narraron de una sensación de adormecimiento...1967...Alemania lado este del muro de Berlín...familia separada...trabajo temporal, no pudo regresar...intento de suicidio detenido por una sensación de frío... al despertar había olvidado las razones que lo llevaron a intentar acabar con su vida... se vuelven violentos si se les teme... dejarlos actuar sin intervenir...casos de gente que se les opuso...2026 un grupo de niños molestaban a un congéner... el chico en cuestión fue defendido por ellos... los demás lo dejaron, pero se asustó de la presencia... desgarrones en todo el cuerpo... los compañeros igual... se presume que atacan a quienes llevan oro rojo consigo..." El inglés buscó el rostro de la chica. "¿Tanto te afecta que los has atraído?

-Tranquila. Continúa llorando y hablándome. Te prometo que estaremos bien. unas sombras se adentraron en el cuarto y Kirkland las reconoció como aquellas que vió en el camino a la salida, la ocasión en que conoció a la rubia, antes de que lo contrataran. Se les acercaron y una de ellas se atrevió a tantear -Arthur no supó como podía una sombra "tantear"- la espalda de la francesa. El rubio mago contuvó la respiración y agradeció que su corazón metálico no delatara su miedo, el que controló de a poco, al notar que las sombras no tenían ninguna mala intención. "Me convenceré cuando se vayan.". Las dejaría estar, siempre que cumplieran su función y calmasen la angustiada alma violentada que se estremecía a su lado.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Jue Ago 18, 2011 5:29 pm

Volvió a suspirar profundamente para ver, quizás no tan asustada, el segundo rayo, y luego oír el trueno retumbar en sus oídos. Sus manos se apoyaron en la espalda del británico, y después también su cabeza buscó refugio entre la base del cuello y los hombros ajenos. Sonrió levemente, dejando que las lágrimas cayeran sobre la tela que cubría el torso masculino. Apenas se percató de que el frío recorría su espalda con delicadeza, pues estaba apegada al británico de modo que no sentía nada. Un sollozo solitario escapó de sus labios.

- ¿Por qué habríamos de estar mal, Arthur...? - Apenas parpadeó, tranquilizándose poco a poco. Aquellas palabras aún se oían como sollozos, pero la francesa sabía que por dentro estaba mejor, aunque sus lágrimas y su garganta no lo reflejaran. Tosió con cuidado y retrocedió hasta que pudo ver a Arthur al rostro. Pensó que estaría bien cantar en un momento como ése. Ella adoraba cantar, y quería calmarse por medio del canto. Respiró hondo entonces. - Chanson juste pour toi, chanson un peu triste je crois... - Comenzó más bien entre tarareo y susurro, buscando no alzar demasiado la voz. Era una canción lenta, pero poco a poco le daba un poco de confianza, aunque sabía bien que la letra de la canción no era especialmente "esperanzadora". - Trois temps de mots froissées, quelques notes et tous mes regrets, tous mes regrets de nous deux, sont au bout de mes doigts, comme do, ré, mi, fa, sol, la, si, do. - Hizo una pausa, alzando sus ojos hacia los ajenos. La luz tenue proporcionada por la bombilla llegó a hacerle daño al desviar demasiado rápido la mirada. No le acomodaba de ningún modo el sonrojo en las mejillas. Volvió a respirar profundo, tal como le habían enseñado, o bien había aprendido. Cantó el pequeño trozo restante de la canción. Las lágrimas se detuvieron entonces, ahora que su voz era clara y dulce, como siempre. - C'est une chanson d'amour fané, comme celle que tu fredonnais...

Tragó saliva. Realmente esperaba que el francés que sabía el británico fuese muy básico. Le aterraba que le preguntara por qué una canción triste de amor era pronunciada por sus labios en una situación como esa. Sinceramente, no tenía ninguna respuesta válida para aquello.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Sáb Ago 20, 2011 9:16 am

Cierto, ela no podía verlos, no era tan sensible a la magia. Escuchó la voz aún quebrada de la francesa mientras pensaba que no podría llegar a todo su esplendor. Los sollozos deformaban las palabras pero pudo fácilmente deducir que la canción estaba en francés. Le apenaba internamente ese intento de levantarse, pues no conocía el sentir interno de la chica. La abrazó a apoyó su mejilla en su nuca, como si quisiera cubrirla y al mismo tiempo apoyarse en ella. El ritmo cadencioso apenas podía ser seguido por él, empero, cuando sintió un tiempo entre estrofas, sintió un movimiento y sus orbes verdes divizaron las moradas, a pesar de que estas parecían no verle. Ella ya no lloraba, y sus labios, sin temblor alguno continuaron su canción. Entonces comprendió perfectamente la melodía y las palabras "C'est une chanson d'amour fané, comme celle que tu fredonnais...". El conocía la canción, sin embargo de ella rescataba en su memoria únicamente el ritmo y el sonido de las sílabas francesas. Pero Reino Unido era el país vecino de Francia, por lo que era común que los artistas traspasasen fronteras. Un bar, un escenario y una viajera que deleitaba a todos con su voz. Una canción en francés, pero él...

-A song just for you. A little sad song I think~- él conocía una adaptación, pero ni siquiera esta versión era de toda su posesión. Las frases borradas por la lluvia de Londres de aquel día en que entró sin ningúna moneda en los bolsillos a aquel bar. Su voz no había perdido su toque, a pesar de que llevaba mucho tiempo sin cantar tras la separación de su banda, sin embargo y por esto último,, las palabras sonaron roncas. Su garganta le ardía un poco ¿Por qué ella eligió esa canción precisamente? Las pocas estrofas que recordaba le eran suficiente.- A love song gets wither, as that song you used to whisper~- El inglés no subió el tono de su voz, por lo que la canción no alcanzó su plenitud, pero le era grata al oido. Continuó tarareando la melodía, reteniendo a la francesa y, luego de recuperada por completo la melodía, terminó por la joven la canción.
- Just a piece of our lives. Just a piece of this melody. What does remain of us? My voice keeps it. As a do, re, mi, fa, sol, la, si, do. It´s for the memory no for the silence, not for forget. It´s not for forget.
Logrado su trabajo, las sombras desaparecieron del cuarto y de las memorias del mago. Por eso nadie las recordaba. Para Arthur lo único existente allí era su acompañante, la tormenta y la puerta abierta por la que se colaba el frío.[/i]
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Françoise Bonnefoy el Sáb Ago 20, 2011 7:02 pm

Sus ojos mostraron sorpresa. ¿De verdad conocía aquella vieja canción que seguramente estaba olvidada en lo más recóndito de las disquerías francesas? Sus pómulos se colorearon nuevamente, los sintió arder al tiempo que sonreía, y dejó que sus manos tocaran las mejillas ajenas, acariciándolas con cuidado. Su cuerpo se acomodó despacio, con movimientos suaves, al del británico, y sus manos se establecieron con delicadeza en los hombros del rubio. Se humedeció los labios, sintiéndolos secos, y asimismo creyó acelerarse la máquina que hacía las veces de corazón en su pecho. Tuvo que respirar hondo antes de acercar su rostro al ajeno y besarle la frente, bajar hacia las mejillas y detenerse junto a sus labios. Apoyó entonces su frente en la ajena, rozando su nariz con la del británico, y rió satisfecha.

- ¿Cómo es que conoces esa canción, Arthur? - Preguntó por mera curiosidad. ¿Cuándo fue que ella misma conoció esa canción? Recordó una lección de guitarra. Sí. Carla Bruni, además de haber sido la Primera Dama de Francia, había sido, muchísimo tiempo atrás, modelo y cantante. Y lo más importante: Ni siquiera había nacido en Francia. Entonces había conocido a aquella mujer a través de su música, de las partituras y las letras. Sintió curiosidad por saber cómo habría sido la vida en esos años, tantísimo tiempo atrás, pero también quería vivir el presente, sentir el calor entre su cuerpo y el del británico, así como el frío que circulaba alrededor de su cuerpo cálido, sin pena ni gloria. Sus ojos estaban enfrente de los verdes del inglés, y de algún modo aquella posición, aquella mirada, se sentía tan reconfortante que la francesa sonreía deleitada. El sólo hecho de sentirse querida hacía que se sintiera tremendamente bien. Sentía la sangre recorrer a toda prisa su cuerpo, era una sensación cuasi adrenalínica para ella, algo que nunca había sentido de esa forma. Estaba mucho más contenta que en cualquier otro momento, se sentía libre en cierto sentido y ya no siguió dudándolo. Lo amaba, y pasaría pocos instantes en silencio antes de confesárselo. Cerró sus ojos, intentando infundirse confianza de ese modo, y sin perder su sonrisa de plena satisfacción, se confesó.

- Non... No creo que te ame. Te amo sin dudarlo. - Murmuró abriendo los ojos, y al mismo tiempo, dejando que sus manos acariciasen el cabello ajeno, separando algunas hebras doradas de las otras, y jugando con éstas entre sus dedos. ¡Qué bien se sentía decirlo! Era como un golpe de alivio, de esperanza en aquel desesperanzador lugar. Sí, Arthur sin saberlo era algo similar a un lucero en su camino, al que no había esperado conocer, y sin embargo, así había hecho. Un motivo para luchar por sí misma y seguir sonriendo.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

Mensaje  Arthur Kirkland el Sáb Ago 20, 2011 11:32 pm

Con las últimas notas de su tararear, le habían obligado a callar tiernamente acariciándole la mejilla. La francesa se había acomodado a su posición y él deseó besarla. Un poco de su orgullo provocó que una voz en su cabeza lo retuviese; ya se había mostrado demasiado accesible y no quería parecer desesperado. Pero un sentir menos calculador que el orgullo se sobrepuso.

-En un bar. Luego escuché una versión en inglés, de una banda pop retro.- Sus palabras triviales las dirigió con simpleza, sin alzar la voz ni perderse en un susurro. Cerrando sus ojos y moviendo de lado a lado la cabeza unos cuantos centímetros, como si acariciase a la gabacha sin atreverse a usar sus manos, las que ahora, tras la agradecida sorpresa de su cercanía, colgaban inertes a su lado; con mucho una de ellas lo sostenía. Un roce en su nariz provocó que elevase sus párpados lentamente, hasta que se vieron sus iris y él pudo ver las de la joven y lo que en ellas escondía. El indagar duró unos segundos eternos, pausado temporalmente por la parisina. Y al abrirlos...

Las palabras se escucharon perfectamente en ese espacio íntimo que habían creado entre sus rostros. El inglés no quiso dudar y empañar ese momento. Su cabello era un juguete cuando le robó a esos labios despreocupados un beso suave.
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Re: A quien le quede el sayo, que se lo ponga ( priv Arthur y Françoise)

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